El testimonio de Scott

scott.:EL TESTIMONIO DE SCOTT

La mayor parte de mi vida en la tierra, he estado rodeado de la iglesia mormona. Mi padre nació y creció siendo un mormón y su familia tiene raíces profundas en el mormonismo, que remontan a los días de Brigham Young. Recuerdo las historias de mi abuela acerca del viaje de su familia desde el este hacia el valle de Salt Lake. Aún cuando asistíamos a la iglesia ocasionalmente para ciertos domingos especiales, como el de la Pascua, estuve inactivo en la iglesia la mayor parte de mi juventud. Cuando tenía 13 años, mi padre decidió que su familia necesitaba tener la Palabra de Dios en casa, así que se volvió al mormonismo, la única religión que él realmente conocía y la única que a mí también me era conocida.

Pasé los años de mi adolescencia haciendo todo lo que la iglesia requería de un joven hasta que me gradué de la escuela secundaria. En ese tiempo sentí una mayor atracción hacia el Patriotismo que hacia servir en una misión (mormona).Mi padre, siendo un ex-marino que tuvo su propio llamado patriótico a la misma edad, se sentía igual de feliz de que me uniera a los militares norteamericanos, así como lo hubiera estado si me hubiera ido en una misión. Entonces, con mi pequeño conjunto de escrituras a la mano, me uní a la Marina para servir a mi país. Hasta ese punto, había vivido toda mi vida en un pueblo pequeño de Idaho y nunca había estado en otra iglesia que no fuera la iglesia SUD. El ambiente calmado y reverente, y la estructura de los domingos mormones era como realmente creí que eran todas las iglesias. Supongo que podrían decir que yo era religiosamente ingenuo.

En el campo de entrenamiento de la Marina, mis ojos fueron abiertos por primera vez cuando vi todas las reuniones religiosas de la base que se llevaban acabo en una ubicación central. Cada domingo, caminando hacia la habitación donde los miembros SUD se reunían, pasaba frente a una reunión bautista que sonaba como un concierto de rock. Todos en el lugar estaban cantando alabanzas, aplaudiendo y regocijándose en el Señor. ¡OH! En ese momento, el contemplar esto fue completamente impactante para mí. Había tanta distancia entre esto y lo que yo conocía como iglesia, que eso aún está fresco en mi memoria hasta el día de hoy.

Durante toda mi segunda década de vida, me involucraba en las actividades de la religión mormona y luego me alejaba. Mi esposa (una conversa de la iglesia mormona) se unió conmigo en este estado de membresía al estilo “yoyo.” Creo que tuvimos más visitas de maestros en nuestra casa de lo que nosotros asistimos durante la década de los 90. Después del nacimiento de nuestro hijo en 1999, decidimos que debíamos hacernos miembros activos. Debido a mi inactividad, nunca fui ordenado como anciano, pero a esas alturas determinamos que esto era algo que se necesitaba hacer.

Lo primero que tuve que hacer, fue una confesión completa al Obispo. Al descubrir que yo había llevado una vida muy indigna hasta ese momento, él me inició en mi “sentencia de arrepentimiento.” Para aquel entonces, mi esposa y yo éramos personas enfocadas en sus carreras. El Obispo promovía insistentemente la idea de que el lugar de una mujer es en el hogar. Este concepto no le gustó mucho a mi esposa, y pronto ella estuvo de vuelta a su estado inactivo. Yo todavía estaba en mi tiempo de prueba de arrepentimiento, luchando por hacer aquello que me era requerido. Junto con esto, existía una presión inmensa de que necesitaba traer a mi esposa de vuelta a la iglesia. Esto trajo tensión a mi matrimonio, me hacían sentarme los domingos, dando explicaciones a otros por la ausencia de mi esposa. Todo esto me produjo una sensación de mal gusto.

Un domingo en el 2003, estaba sentado en la reunión del Sacramento y sentí que el Espíritu del Señor estaba conmigo. La charla ese día estaba basada en el Nuevo Testamento y estaba enfocada en Cristo y en su sacrificio por nuestra salvación, más de lo normal. La charla fue seguida por la canción “Asombro me da,” Himnos, No. 118:

“Asombro me da  el amor que me da Jesús.
Confuso estoy por Su gracia y por Su luz,
Y tiemblo al ver que por mí Él Su vida dio;
Por mí, tan indigno, Su sangre El derramó.

Cuán asombroso es que por amarme así muriera Él por mí.
Cuán asombroso es lo que dio por mí
.”

Al terminar este himno, me llené de gozo y felicidad, y tenía lágrimas en los ojos. Después de la iglesia, tuve una reunión con el Obispo. Esperando afuera de su oficina, escuché al obispado hablando acerca de cómo la iglesia había sido llena con el Espíritu ese día de una manera tan maravillosa. Cuando comenzó mi reunión con él, le dije: “Estoy de acuerdo con usted, yo también lo sentí, el servicio de hoy fue maravilloso.”

La mirada que recibí como respuesta fue llena de preguntas e incredulidad. El Obispo entonces me informó en términos nada inciertos que yo no debería o no podía sentir el espíritu por causa de mi período de prueba (que incluía el no poder participar en el Sacramento). Y ya que no podía comer el pan ni beber el agua para renovar mis convenios en Cristo, él me dijo que lo que yo sentí, debió haber sido alguna otra cosa.

Entonces continuamos discutiendo acerca de mi resistencia a renunciar al café (otra historia por sí sola). Al final de mi reunión, sentí que perdí completamente la fe en lo que me habían enseñado a creer todos esos años. Yo sabía que había sentido al Señor ese día, y no podía creer que un hombre fuera tan arrogante como para decirme lo contrario. Ese fue el último domingo que rendí adoración en una iglesia mormona.

Para aquel entonces, mi pérdida de fe abarcaba todo lo que era el cristianismo, ya que creía en ese tiempo que lo que los mormones enseñaban acerca de Cristo era lo mismo que enseñaban los bautistas, los nazarenos, los luteranos, etc. Así que me aparté de todas las enseñanzas cristianas y pasé los años siguientes sumergiéndome espiritualmente en todo, desde el budismo hasta Wicca. Por un tiempo incluso llegué a llamarme a mí mismo un pagano. No había lugar en mi corazón para Cristo (al menos para la versión mormona de Cristo).

El problema era que, no importando qué rumbo tomaba, todavía no podía encontrar esa sensación de paz y gozo que encontré ese día en la reunión del Sacramento. Durante este viaje, comencé el proceso de desprogramarme de todo lo que había aprendido en el mormonismo y a investigar las verdades acerca de la historia mormona.  Esto incluyó hacer que mi nombre fuera quitado de los registros mormones. Hace un par de años, decidí volver mis oídos al cristianismo y comencé a asistir a una iglesia cristiana pequeña cerca de donde vivía. Por medio de un estudio personal de la Biblia y la oración, comencé a encontrar ese gozo nuevamente. Este estudio me ha mostrado las muchas discrepancias y falsedades del mormonismo. Siento que los mormones son los Fariseos traídos de vuelta, que ponen su fe en la Ley y no en Dios. Esto también me ha mostrado que no necesito formar parte de ninguna iglesia para poder invitar a Jesús a mi vida. Él está conmigo todo el tiempo y se me ha mostrado la verdad en el poema titulado “Huellas de Pisadas sobre la arena.”

Todos los días, me levanto sintiéndome libre debido al conocimiento de que lo único que necesito es creer en Jesús para ser salvo. ¡Qué sentimiento tan maravilloso es saber que nuestra salvación está en sus manos y en nuestro caminar personal con Él! No está en las manos de alguien que “tiene autoridad” sobre nuestra espiritualidad.  Oro para que mi historia ayude a otros que se encuentran luchando en el proceso de dejar el mormonismo.  Conozco a muchas personas buenas que son mormonas y espero que sus ojos también sean abiertos a la Verdad.

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